abutatuada

Susana Aspiunza comenzó a tatuarse hace poco más de un año y ya cubrió casi todo su cuerpo.

Susana, la abuela más tatuada del país. Fotos: Diego Waldmann.

NAHUEL GALLOTTA

Como la persona que entra a la concesionaria, pide planes del 0KM y, a pesar de saber que podría pagarlo, nunca se anima. O como la que invita al amigo que le gusta a tomar el café y nunca se la juega a decirle lo que practicó tantas veces frente al espejo. Susana Aspiunza, empresaria, 87 años, dos veces viuda, dos veces madre y tres veces abuela, dice que se pasó seis años entrando a la casa de tatuajes de su barrio. Siempre preguntaba lo mismo, muy avergonzada: “Hola. Quiero preguntarles si ustedes podrían tatuar mi piel. Está algo arrugada”.

NEWSLETTERS CLARÍN

“Me faltaba decisión”, recuerda Susana ahora, en el mismo lugar en el que se decidió por primera vez, hace 14 meses. Desde esa decisión, no paró: comenzó por un ave fénix, siguió por frases y los nombres de los hijos. Decenas de sesiones después, o mejor dicho decenas de decisiones después, tiene prácticamente las mangas completas: desde los hombros hasta los dedos. Las piernas, lo mismo; aunque le falta. Cuando las termine, cuenta, seguirá con la espalda y completará el pecho. “De chiquita que quería tatuarme. Pero bueno, me casé, llegaron mis hijos, la casa, trabajé mucho…dejé pasar el tiempo, se me fue la vida y lo posponía. Quería; el tema es que no me decidía. Hoy digo que hay que hacer lo que uno quiere; tener la fuerza de voluntad de ir a hacer lo que uno siente. No importa el momento de la vida”.

Durante buena parte de su vida, Susana solo vio un tatuaje. Su papá era navegante y tenía una sirena y la bandera de Argentina en uno de sus brazos. “Adoraba el brazo de mi papá. Me acercaba a mirarlo, se lo acariciaba. No entendía qué era, ni me animaba a preguntarle. Así me crié”, dice.

Fotos Diego Waldmann.

Susana quedó viuda a sus 40 años. Allí tuvo que hacerse cargo de la empresa del papá de su hijos. La sigue dirigiendo. Se dedica al transporte de la materia prima de Coca Cola. Más adelante volvería a formar pareja, fallecería su hijo mayor y su segundo marido. Por eso su primer tatuaje fue un ave fénix, por las pérdidas. Luego le agregaron la frase “Échame tierra y verás como florezco”.

Son las 13.30 de un martes en Mandinga Tattoo, el local de Villa Lugano donde Susana se tatúa. Su sesión comienza a las 14. La semana próxima tiene otro turno. Y a fin de mes, otro más. En la recepción suele pedir de a cuatro o cinco turnos. Y mira los tatuajes de los otros clientes, buscando inspiración para decidirse por sus futuros diseños. También se mete a Internet, por lo mismo. O escucha a su tatuador, Cristian Rodríguez.

“Susana encontró algo que la rejuvenece. En el tatuaje encontró la juventud”, cuenta Cristian, minutos antes de comenzar a tatuarla una vez más. “Su piel es muy fina, y a diferencia de un joven, tengo que estirársela mientras la tatúo. Pero le cicatriza en tres días”.

Esa rejuvenización, esa juventud, la llevó a encargarle a su modista el corte de las mangas de sus remeras. Antes no le gustaban sus brazos; los veía avejentados. Con las piernas lo mismo: cambió los pantalones y jeans por las polleras que nunca se puso, por arriba de sus rodillas. A los tacos les manda a quitar las tiritas que le tapan el empeine donde se tatuó un rosario. Y hasta se animó, en esta historia de decisiones, a hacerse un piercing en la ceja. “Me siento otra persona”, confiesa. “Como renovada. Estoy contentísima. Mi cabeza está tan alegre, tan feliz. Ni la lotería me hubiese generado esto. Era muy vergonzosa. Desde que me tatué, soy otra: me muestro mucho más. Los tatuajes me dieron otra vida”.

El tono de Susana cambia cuándo se le pregunta si en la calle le preguntan por sus tatuajes, llamándola señora, abuela o doña. Dice que no. Que todo lo contrario: le gritan “potra”, o “diosa”, o “hermosa” y le piden tomarse fotos con ella. Su hijo no está tatuado. Pero la ve tan contenta que la apoya. Una tarde le cayó a su casa de sorpresa. Estiró su brazo y le dio la sorpresa: se había tatuado su nombre.

Cristian, su tatuador, enumera algo de lo que le hizo. De las frases, recuerda “El corazón no tiene casa y el amor vive en el alma”, “la ausencia no causa olvido”. De dibujos, señala una sirena, un 13, rosas, flores de loto, un fajo de dólares, un tigre, una vaquita de San Antonio, mariposas, calacas, calaveras, una boca de mujer con su lengua, retratos de mujeres, hadas. Susana quiere seguir hasta completarse todo el cuerpo.

En Mandinga Tattoo trabajan 13 tatuadores. Susana le es fiel a Cristian, pero todos la conocen. La han bautizado como “la madrina” del local. A veces viene sin turno. Entra, saluda, reparte caramelos, masas y sándwiches y se queda a conversar. Ellos la cargan, le dicen que le van a festejar “los 15 años”. Ella los llama “los chicos”. Un día les propuso una locura que aceptaron, sin dudarlo. Va a comprar un cajón presidencial para que se lo pinten con diseños de tatuajes.

Cada tanto, dice mientras recibe el llamado de Cristian para pasar al box, algunas mujeres grandes le preguntan los tatuajes duelen; dicen querer hacerse uno, pero temerle al dolor. Susana les responde con dos preguntas, a modo de comparación: “cuando tuvieron su primer novio, ¿las chicas no les decían que les iba a doler? Y lo hicieron. Cuando tuvieron su primer hijo, ¿les dolió? Y tuvieron más hijos. Acá es lo mismo. Doler, me duele. Pero aguanto el dolor, callada”.

 
 
 
 
 seguridadinformacion
 
 tum
 
 
 
 mapa la punta

Traductor/Translate

 
 seguridadentrega
 
 
 villamerlo
 
 
whatsapp noticia